EL EMISARIO DEL BOSQUE

Giaccone, Sebastián.

Escena primera: Camino a la escuela.


El despertador otra vez. Ese sonido chillón e irritante que arrastra a René de sus plácidos sueños a la absurda realidad. Hay que llevar a la escuela al joven Enrique y no es tarea amable. La escuela, en este pueblo del noroeste argentino, queda a poco más de dos kilómetros de la casa de nuestros protagonistas, y sí, hay que ir a pata.


Luego tocaría el camino al trabajo. Lo que solía ser un home office en Buenos Aires —labor muy lejana a la realización de René— se había convertido en un pálido puesto en recursos humanos de una empresa constructora. De todas formas, la dicha de René estaba puesta en su hijo. Sus conversaciones resultaban apasionantes para ambos. Enrique había cumplido ya los dieciséis años y su espíritu, ávido de conocimiento, se retroalimentaba con lo que su padre alguna vez quiso ser: un filósofo.


René pasó junto a la colorida cortina que separaba la habitación de su hijo e hizo su silbido característico de todas las mañanas. Sin embargo, a los pocos pasos se detuvo. Miró la pequeña mesa junto a la puerta de entrada; había un tarro de miel, un manojo de tabaco y un vaso de licor. Enrique se acercó con el ceño fruncido e inspeccionó los elementos de la mesa. Su mujer no podía haber sido, odiaba el tabaco y casi no bebía alcohol.


- ¡Enrique!–gritó René sin apartar la vista.

- ¿Qué? –se escuchó desde la habitación con voz medio dormida.

- ¿Vos pusiste la miel y todo esto en la entrada?

- Sí, sí. Dejalo ahí que ahora lo junto.

- ¿Pero por qué andás agarrando estas cosas, vos? No da para andar boludeando con tabaco y alcohol en medio de la casa.

- No es para mí, pa. Es pal’ Pomberito.

- ¿El qué? –la cara de René se llenó de arrugas.

- Nada, ahora mientras vamos, te lo cuento.


René no parecía muy preocupado, además, el joven Enrique se levantaba con tranquilidad, como si no hubiera incurrido en alguna falta o trasgresión. De todas formas, la confianza que tenía en su hijo era enorme. El chico, nacido en este mismo pueblo, había demostrado reiteradas veces una capacidad reflexiva muy compleja para su edad, a la vez que nunca había dado indicios de problemas con el alcohol o el tabaco. 


Más temprano que tarde arrancó la caminata, tan trabajosa como siempre. La mañana cubierta de nubes pintaba una descolorida escena de los senderos misioneros. El pálido verde de las hojas y el apagado rojizo de las cortezas configuraban un paisaje entristecido. Pronto, padre e hijo, comenzaron su día. 


- ¿Quién es el Pomberito ese, Enrique?

- Sos más citadino, viejo… ¡No te larga Buenos Aires, eh! Bueno, es uno que estamos viendo en historia. Es un guardián de nuestros bosques. Parece que anda suelto por acá y, para tenerlo de amigo, hay que dejarle ofrendas. Por eso estaba así la mesita.

-No te quiero ni preguntar de dónde sacaste el tabaco. Pero en fin, ¿en historia ven eso? ¿Qué tiene que ver una criatura de fantasía con historia?  

- ¿Por qué tiene que ser fantasía? Estamos con Viveiros de Castro y el perspectivismo. La idea de naturaleza y de cultura están más ligadas de lo que yo creía.


René se incomodó. No era ajeno a estos temas. Alguna vez se interesó por los relatos como construcción de identidad, pero en su mente no salían de eso, relatos. Entendía que su hijo estuviera estudiando otra mirada cultural como la amerindia, sin embargo, parecía creer fehacientemente que este tal Pombero, existía. 


- Entonces según este tipo hay un tal Pombero que salvaguarda la naturaleza ¿De qué? -dijo René con un aire cínico. 

- De la gente, claro -respondió el chico pareciendo omitir el sarcasmo del padre-. De los cazadores, pescadores, invasores, los irrespetuosos que se adentran en el bosque. El Pombero es un morocho de muy baja estatura, con ropaje harapiento. Tiene los pies al revés para que sea imposible rastrearlo. Si lo tenés a favor, te va a ayudar a convivir con tu hábitat, por eso le dejo las ofrendas. En cambio, si lo tenés en contra, es hostil. Toca la puerta de tu casa con cinco golpes. Trata de hacerte perder en el bosque e ingenia travesuras para terminar con tu vida. Yo que sé, me parece que habría que tenerlo a nuestro favor, ¿no?

- A ver, Enrique, cualquiera puede tocar cinco veces la puerta -suspiró René-. No es que me oponga a tus prácticas, pero yo sé que según la ontología amerindia que trae este autor que me nombrás, los animales, humanos y espíritus coexisten en un mismo plano. Este personaje del que hablamos parece que conjuga esta pluralidad indígena. Pero ¿No te parece que es una historia un poco infantil? –René se tomó un breve respiro para no sonar agresivo con sus palabras– Quiero decir, parece un relato para evitar que los chicos salgan al bosque. En mis épocas bonaerenses, se hablaba del viejo de la bolsa. Sin embargo, no creíamos racionalmente que existía. Por ahí, se me ocurre que la escuela podría tener una mirada un poco más escéptica y científica ¿No ven a José Ingenieros? Hay una manera latinoamericana y universitaria de pensar que no exime el conocimiento técnico y calificado, ¿me seguís?

- Obvio que te sigo, pa -dijo Enrique sin mosquearse - ¿Y qué hay entonces de Rivera Cusicanqui? Ella es socióloga universitaria y defiende estas narrativas como una forma de resistencia a la colonización. A nuestros pueblos originarios no les queda más que recuperar sus propios relatos colectivos como su bastión de identidad.

- Si, hijo. Es verdad eso. El epistemicidio que se produjo sobre estos mismos caminos que estamos transitando ahora son irrecuperables ¡Andá a saber cómo sería este continente si nada de eso hubiera pasado! -dijo sonriendo con un rastro de amargura- Pero ustedes estuvieron leyendo a Dussel, ¿o no? El habla de un racionalismo crítico ¿Cómo entra en esa lectura el “Pombero”? 


El joven Enrique pensó profundamente mientras miraba sus pies al caminar. La tierra color ladrillo ya había cubierto sus zapatillas y una parte de sus piernas.  


- La verdad que no sé -el chico rompió el silencio- ¿Será una visión de la liberación que no tiene que ver con lo racional y moderno? ¿Podría argumentar que las experiencias de nuestras comunidades que creen en el Pombero son válidas en sí mismas? Quiero decir, como una forma de conocimiento que se manifiesta en la vida cotidiana, creando una forma legítima de "saber" que contrasta con las epistemologías dominantes. Después de todo, la filosofía de la liberación es su bandera.


Las palabras de su hijo lo dejaron sorprendido. Pero René era un hombre orgulloso. No iba a abandonar tan fácilmente su lectura de la realidad sin dar una batalla argumental, aunque sea frente a su hijo que prontamente había desafiado sus conocimientos.


- Puede que, para el viejo Dussel, este personaje tenga un lugar en la cosmovisión indígena, pero eso no implica necesariamente que su existencia sea "real" en un sentido absoluto. Habría que ver cómo validar la existencia con cierto grado de certeza más que el relato, ¿no?

-Si, pa. Puede ser -dijo Enrique algo apesadumbrado-.

-Aunque… -reaccionó René rápidamente para no apagar el ánimo de su hijo- por ahí es cierto y este espíritu nos está mirando desde ahí -dijo señalando el matorral al costado del sendero. - Lo que me importa, hijo, es: ¿vos le hacés ofrendas porque le tenés miedo?

- Puede que sí, viejo -la voz temblorosa del chico luchaba por recomponerse-. Un petiso mágico con los pies para atrás da cagazo. Y me da miedo por vos, que creo que lo desafiarías. 


Algo no le gustó a René de cómo sonó eso. No era hombre de supersticiones y mucho menos de temores sobrenaturales, pero esta conversación había removido algunos de sus principios sobre lo real y lo cultural que, sin darse cuenta, estaban en crisis. Ya podía ver la escuela asomando tras la arbolada. Era momento de despedirse de su hijo y continuar su rutina. De camino al trabajo reflexionaría por lo inaugural de estas sensaciones. El tiempo que le tomaría ese trayecto sería aprovechado para repasar la bibliografía de lo que conocía, o lo que creía conocer.


- Yo no desafiaría a nadie, hijo -dijo de pronto, aunque falto de convicción-. Andá nomás para la escuela que a la tarde, con unos mates, la seguimos.

- Dale, viejo ¡Ah! -dijo como recordando de pronto- Mirá que hoy tenemos clase sobre el giro decolonial, con Castro-Gómez, Mignolo, Quijano y otros ¡Agarrate para la tarde! 

- ¡Mi especialidad! -respondió René y emprendió su caminata al trabajo.



Escena segunda: Camino al trabajo.


Luego de despedir a su hijo, René no pudo evitar sentirse desordenado. La sensación de tener menor poder argumentativo que un chico de dieciséis años le había generado una turbulencia en el orgullo. Desde su más tierna infancia, René creía que era poseedor de una capacidad deductiva sorprendente —creencia compartida con todos los jóvenes que han existido— pero que lamentablemente nadie había notado ni explotado. Esa íntima convicción de genialidad le acababa de jugar una mala pasada. Ahora no solo estaba inseguro proyectando la conversación con su hijo a la vuelta de la escuela, sino que también algo del temor sobre la historia del Pombero lo había alcanzado. Sorprendido por estas revelaciones, levantó la cabeza y desafió al monte.


- Así que el Pombero -dijo con voz alta y segura mientras seguía caminando-.  Hoy vamos a jugar a que existís. Mirá, si anduviste escuchando, estábamos hablando con mi hijo de Dussel. El viejo es bien crítico de las posturas eurocéntricas, colonizadoras, etc. Pero su texto se llama Fenomenología de la liberación, ¿cómo te explicás a vos mismo fenomenológicamente?


Unos arbustos petacones se movieron alocadamente. Era probable que una liebre o un gato hubiera huido.


- Claro, eso mismo te estoy pidiendo -continuó René hablando con el matorral-. Una experiencia de la conciencia que pueda evidenciar. Si me van a cambiar mi forma de pensar, no me conformo con a prioris. Sé que vengo de la ciudad y que mi apellido es francés, pero estoy tratando (¡y vaya que estoy tratando de hablar con el bosque!) de establecer alguna proximidad ¿Quién te dice? A lo mejor hoy se da un encuentro con el Otro.


A lo lejos, un lagarto overo, viejo y pesado, descansaba sobre el camino. No era un animal exótico para René, pero le llamó la atención que este no movió un músculo hasta que la distancia se acortó demasiado.


- No creo que tu aspecto sea reptiliano -hacerse el gracioso le renovaba el brío y la confianza- aunque no quiero sonar taxativo. No me tildes de totalizante. Insisto en que estoy tratando de no herir tus sentimientos, supongo que los seres que se desplazan entre dimensiones de lo real no están en pequeñeces acerca de si mi pensamiento es opresor o dominante.


Inmediatamente el pie de René se enterró en un montón de bosta de vaca hasta el tobillo. Tres Pirinchos que posaban sobre unos árboles cercanos comenzaron a chillar tan estruendosamente que parecían reírse. René agudizó los sentidos ¿Podría ser que la mera mención de un mito guaraní esté afectando su percepción más inmediata? 


Al rato, comenzó a oír, o a imaginar que oía, el sonido de unos blandos pies descalzos. El sonido no era nunca bastante alto ni bastante próximo como para que él estuviera seguro de haberlo oído. Esos supuestos pies no lo perseguían, pero tampoco lo precedían. Por un momento llegó a pensar que eran un eco, pero cuando se detuvo continuaban un momento más antes de apagarse.


- Está bien. Pido una pequeña tregua. -quiso disimular el temor en la voz apretando los dientes–. Estuvimos hablando de esto recién con mi hijo; del animismo. Yo siempre creí que atribuirle características y valoraciones humanas a la naturaleza era una de las tantas petulancias antroposóficas. Aunque sean milenarias, no importa ¿Por qué todo iba a tener que tender a lo humano? ¿O a tener fines que tengan sentido solo en una mente humana? Me parecía ridículo. Provinciano, si me preguntás. 


René reanudó lentamente la marcha. Sentía que dar un poco el brazo a torcer podría apelar a la misericordia de aquel espíritu conjetural.


- ¿No te parece que los fines de la naturaleza… no, quiero decir; del universo, podrían ser un poco menos “humanizados”? -La razón en René le infundía valentía-. Quiero decir, querido Pombero, no está en proporción. El sentido (¡si lo hay!) debería ser infinitamente más grande que esto ¿Por qué lo incontable, lo inmensurable, lo ilimitado e inagotable tiene relación con este mundo? Y más aún, ¿con el humano? Ya no importa si lo piensa un europeo, un indígena, un chino o un africano. No tiene sentido que la respuesta se condense en una idea tan humana de la totalidad que se materialice en un espíritu que represente el absoluto. Y aun así, dándote la posibilidad de que tu leyenda sea tan cierta como el barro sobre el que estoy parado, ¡¿Por qué, en tu sano juicio, serías hostil anfitrión de cuyo primogénito te brinda ofrendas y placeres tan generosamente?!


La catarsis de René había sonado tan fuerte que el silencio a continuación lo sorprendió. Su mente había emprendido una feroz batalla entre la razón y la espiritualidad que lo llenó de estupor.

Toc…Toc…Toc…Toc…Toc…

El sonido de los golpes que sonaron tras él le sobresaltó el corazón, de esa manera que uno puede precisar con exactitud la posición del órgano interno por su agitada actividad. No podían ser los cinco golpes del Pombero, no había puerta allí en medio del monte, pensó. Pronto volvió a escuchar los golpes. Giró rápidamente para enfrentar el espanto; un Carpintero de Garganta Estriada. ¿Cómo semejante terror podía contrastarse con tan majestuosa ave? El piciforme de cabeza colorada miró dentro del tronco en busca de insectos para darse el banquete de todas las mañanas. Continuó golpeteando con el pico la hueca corteza del cedro muerto, tras él se alojaban opulentas larvas. Y ya no se detuvo, tal vez nunca supo ni sabrá que casi mata a un hombre.


René se dio media vuelta y retomó la marcha. Esta vez cabizbajo y en silencio. No podía evitar sentirse intimidado por el bosque ¿Qué estaba pasando? ¿Súbitamente creía en un espíritu? ¿Había sido hostil contra él? ¿Por qué? ¿Su presencia, su árbol genealógico, su lengua o su cultura merecían una condena? Si él no había hecho nada, ¿o sí?


Se inmiscuyó en sus pensamientos buscando un refugio epistémico y metafísico para su curioso día. Algo que lo ayude a entender y, al mismo tiempo, a protegerse. Pronto recordó al quechua Waman Poma y sus reflexiones del “buen gobierno”, esto debía ayudarlo ya que una de sus visiones a futuro era la reconciliación entre las culturas andinas y europeas. Sí, si el Pombero era una entidad que comprendía una población oprimida, también debía saber de las síntesis de aquellas relaciones. ¿Cómo un ser sobrenatural no iba a estar al tanto de ciertos pactos de convivencia? Por lo tanto, la visión de Waman Poma fundada en queun fuerte liderazgo indígena pueda proteger sus derechos, unificar las comunidades e intercambiar los conocimientos como forma de colaboración entre culturas —y específicamente nombra la española— empezaban a darle algún argumento a René para negociar la paz con el Pombero. 


Sin embargo, se mantuvo todo el tiempo con la mirada en el piso. Sabía que cualquier estímulo podía confundirlo y se propuso llegar al trabajo sin más dilaciones. El bosque podría aún tenderle trampas; monos Carayás habitan la zona y fácilmente se confunden con un hombre bajo —o fácilmente René lo haría—. Eso, debía llegar al trabajo sin pensar. La empresa constructora no toma a broma las llegadas tarde. Su mente repasó: empresa constructora. Eso sí que suena a amenaza. He aquí una amenaza, directa o indirecta de René hacia el ecosistema en el que habitaba. Si el Pombero quería una excusa, él se la había facilitado. La hipotética negociación volvía a complicarse.


De todas formas, las convicciones de un hombre así no se quiebran en unos pasos y por una serie de sucesos, por lo que René continuó camino al trabajo prometiéndose a sí mismo una conversación a la vuelta. El detalle ahora era otro. Si la preocupación de confundir a un Carayá con un humano de baja estatura, existía, se podría descartar rápidamente por el aullido que emiten estos monos (por algo los llaman monos aulladores). Lo que llamó la atención de René fue la falta de ruido. No escuchaba ya ni el canto de las aves. En Misiones, los pueblerinos dicen que el bosque se calla cuando está el Overo, ya que nadie, ni aún los pájaros más escurridizos, quieren delatar su posición. En el resto de la Argentina conocemos al Overo como Yaguareté, ese felino de ochenta kilos capaz de acabar con la vida de una persona adulta sin que ésta se haya enterado de lo que pasó.

Aceleró la marcha, sin echarse a correr, y continuó sendero adelante. Este temor era más tangible, más físico, en cierto punto le recordó a las sórdidas noches de Buenos Aires. Tomó su abrigo desde los hombros y lo elevó. Había oído que, si se encontraba con estas bestias, debía aparentar ser más grande de lo que era. Por suerte, sentirse ridículo ya no era una preocupación, por lo que sumó a su posición una charla en voz alta, confiada, como si de esa manera el animal dude en acechar a tan temerario espécimen.


- ¡Yo no le tengo miedo ni al Pombero, ni al viejo de la bolsa, ni a los pitufos! -gritó mientras enfatizaba con fuertes pasos- A lo sumo, le tengo miedo a un ladrón, o a la gendarmería de la Bullrich, eso si es bien tangible ¿Pero a un Yaguareté? ¿A esta hora? ¿Cuán tonto piensan que soy? Son cazadores nocturnos. Y, en todo caso, les es más apetecible una presa del tamaño de una liebre. Ya tuvimos suficiente por hoy de juegos de mente ¿Puedo llegar al trabajo tranquilo de una vez?


René trató de apaciguar el ímpetu y respiró profundo. Se concentró en el bosque tal cual él lo conocía. El silencio fue saludado con el suave canto del Yetapá Negro, que le devolvió el color a la piel. Cerró los ojos un momento solo para escuchar cómo todos los sonidos del bosque renacían. Las variadisimas aves que no podía contar, el crujir de las ramas de los viejos árboles y el viento silbando entre las hojas de los más jóvenes y frondosos arbustos. También oyó sus pasos que parecían arrastrar todo el polvo del sendero. Trató de hacerlos más delicados. En el fondo quería saber si esos eran los únicos pasos que sonorizaban el ambiente. “Por favor que sean”, pensó. Caminó un poco más y, esta vez aliviado de ánimo, se escuchó a él solo.


Aún con los ojos cerrados, ensayó una sonrisa en la comisura del labio, aunque no era de placer sino de desahogo, la cual acompañó con una profunda inspiración. Abrió los ojos y marchó un poco más. Ya debería estar cerca de su trabajo. Miró extrañado el matorral ya que casi podía describir cada árbol de los que estaban aledaños a la empresa, pero en este caso no los reconocía. Hasta podía advertir un olor y un cambio de paisaje finalizando el sendero que transitaba diariamente. Como nada de eso sucedía, se detuvo y miró para los costados. Nunca había caminado por aquí. Estaba perdido.


La sangre de René hirvió. El enojo había ahogado al miedo. Se dice que ante el terror, algunos se congelan, otros se escapan, y algunos eligen la confrontación. Y él era de esos. Le echó un grito de rabia al cielo, mientras corría hacia el matorral. En su frenesí, ya no importaba si trababa lucha de puños con un Yaguareté o con el Pombero. El ataque al bosque fue directo e implacable.


Las hojas y las ramas nublaban su vista como ráfagas de luces y sombras. Nada quedaba atrapado entre sus brazos y nada le producía dolor, solo el éxtasis de la batalla. 


Pocos segundos pasaron de la embestida cuando el matorral se desintegró en una opaca luz que lo encegueció. Agitó las manos para tantear lo que tenía a su lado, pero no alcanzó referencia alguna. Trató entonces de respirar más pausadamente y los síntomas del aturdimiento fueron mitigándose. Ahora podía escuchar de nuevo el canto de las aves, ahora podía oler de nuevo la tierra rojiza, ahora podía ver el colosal edificio al final del sendero. Allí se erguía la empresa constructora, solemne, inflexible, foránea.


Escena tercera: mates para todos.


La noche empezaba a caer en el pueblo. Poco quedaba de una jornada que había anunciado lluvia durante todo el día pero nunca había cumplido. El último en llegar a casa fue René. Al entrar, repasó rápidamente la sala para ver si su hijo había insistido en sus rituales.En cambio, el joven Enrique esperaba a su padre en la cocina con la pava caliente. 


- ¿Qué hacés, viejito? ¿Cómo fue ese día? – preguntó Enrique sin parecer sospechar las desventuras de su padre.

- Todo bien, como siempre ¿Vos? ¿La escuela? 

- Re bien, me sirvió la charla que tuvimos en la ida. Mirá, vimos a Ernesto Quesada, catedrático, como te gustan a vos ¡ja!, que explica lo que es el nihilismo en la filosofía. Es algo así como la negación de valores y creencias tradicionales, sosteniendo que la vida no tiene significado objetivo. Y este Quesada pone al nihilismo como una respuesta a las crisis de valores en el mundo actual, influenciada por eventos como guerras, revoluciones y cambios culturales profundos ¿Entendés? Por eso volví pensando en el epistemicidio del que hablábamos más temprano.

- ¿En serio? No lo conocía -respondió sinceramente René-. Tenía entendido por nihilismo como una postura amoral, que afecta a la filosofía, al arte, la literatura y la política. Por ejemplo,en el arte de ahora, a menudo se manifiesta en formas de expresión que cuestionan la realidad y exploran lo absurdo.

- Bueno, la verdad que no se contradice con lo que decían en la escuela, es más, lo puedo complementar -concluyó Enrique.


Los mates pasaban de mano en mano. El joven parecía muy estimulado por conversar a la par de su padre a quien admiraba sin mucho secreto. En cambio, el semblante de René se mostraba algo sombrío. Luchaba tenazmente para no doblegarse ante su hijo. Su historia, su cultura, lo obligaban a verse seguro, circunspecto. La performática de un padre tradicional. Por eso y sólo eso, es que se negaba a hablar del camino al trabajo o del Pombero, pero bien sabía que no dependía únicamente de él.


-Eu, viejo -interrumpió Enrique acercándole un mate-, ¿me estás escuchando?

-Sí, sí. Algo de Mignolo decías -vociferó René articulando el último nombre que creyó oír-.

-Sí, eso, de que está buenísima la mirada de la racialización. Porque es como una denuncia, no lo usa de manera biológica, sino que se lo atribuye a cómo justifican las desigualdades y las jerarquías de poder. Especialmente en esto del colonialismo y la modernidad que estamos viendo.

-Esperá, a ver si te sigo -René volvió a la conversación-. O sea que el tipo no habla de razas, así como “el día de la raza” …

-No, viejo -resopló Enrique-. Eso ya fue hace un montón.

- Bueno, pará. Dejame terminar. Quiere decir este Mignolo que son categorías sociales impuestas y no biológicas.

- ¡Si! -exclamó el joven haciendo un ademán de festejo.

- Bueno, no me cargués -le continuó el juego René- en mi época era un tema. Pensábamos que la raza eran negros, chinos y nórdicos

- Naaah -alardeó Enrique- acá decimos negro en otro tonó. Hay que tener en cuenta las particularidades locales para no universalizar el significado de los términos. No es lo mismo un uruguayo diciendo “chau, negrito” que un yanki. Es más, hoy me la pasé hablando en la escuela del Pombero como un negro petiso ¡Doble problema, ja!


René no acompañó la risa de su hijo. El nombre le había caído como un ladrillo en el estómago.


- Che, no te enojes, no pienso eso en serio -añadió Enrique viendo la preocupación de su padre.

- No es eso, hijo. Es que justo lo nombraste, y bueno, no fue una jornada común y corriente.

- ¿Qué? ¿Lo decís por el Pombero? -La voz del joven titubeó-.

- No sé, Enrique, no sé, la verdad. Me quedé pensando mucho en toda esta mitología guaraní, y creo que en parte me condiciona bastante el día.


Ambos se encontraban sentados frente a frente con la cabeza gacha y los ojos bien abiertos, aunque no mirando nada en particular. La noche ya había acaparado la cocina. René y su hijo se iluminaban ahora solo por el lúgubre tubo de luz blanquecino que chirreaba sin descanso. 


- Es que, pa -Enrique rompió el silencio- creo que lo vi. Por eso quería sacarte el tema.

- ¿Qué? -La voz del padre se atragantó, en otro momento pensaría que su hijo alucinaba, pero ahora algo en él le creía- ¿Dónde lo viste?

- Cuando venía para acá -dijo el chico sin levantar la cabeza-. No estoy seguro. Me pareció ver un Carayá, pero estaba lejos, muy quieto y en la oscuridad del matorral. De alguna manera podía sentir que me miraba, aunque estaba de espalda. Me tapé los ojos y ahí lo vi. Incluso con los ojos cerrados -una lágrima cayó por la mejilla del chico-.

- Enrique, dejate de joder. Te dije que a mi me condicionó el día. Que esto no se convierta en una pelotudez más grande. -La necesidad de proteger a su hijo lo volvió a poner por encima de la situación-. Son mitos, leyendas. Nadie, nunca lo vio. Pensalo un poco, hijo. ¡Vos pensás un montón! Incluso si nos paramos en una mirada más metafísica, no deberíamos tener ningún sobresalto ¿Te acordás de cuando hablábamos de Leonardo Boff, el teólogo brasileño? Que comprometía a la iglesia a doblegar a las estructuras injustas y que era un “teólogo de la liberación” -el tono de voz de René aumentaba exponencialmente-. Si hay una justicia divina, esa está en deuda con los pobres, con los marginados y con los oprimidos ¡Y mirá cómo vivimos, no tenés ni puerta en tu habitación, Enrique, es una cortina! ¡¿A nosotros nos va a venir a castigar una entidad sagrada?! ¡¿A quién mierda se le ocurre semejante infamia?! ¡Que se vaya a cagar el bicho ese!


René quedó aturdido de sus propios gritos. No podía creer lo que había dicho frente a su hijo. El intento de tranquilizar racionalmente a Enrique terminó en una catarsis personal exponiendo toda su historia, sus frustraciones, sus inseguridades y su identidad. Se levantó lentamente, abrazó a Enrique y le pidió perdón. 


- Mañana va a estar bien, hijo -dijo con voz tranquila y afónica-. Y estudiá, que te va a hacer la vida mejor.

-Si, pa. Gracias.


Se abrazaron y se dispusieron a salir de la cocina, hasta que un sonido los interrumpió.




Toc… Toc… Toc… Toc… Toc