FERNANDO DANIEL MACHIN

Profesor y licenciado en Filosofía. 

 

“Todos los hombres, por (su propia) naturaleza, desean (tienden) a conocer. Prueba de ello es la estima de la que gozan las sensaciones que, al margen de su utilidad, nos proporcionan conocimientos (sobre todo la sensación visual).”[1]

                                                                                    Aristóteles, “Metafísica”, Libro Å.[2]

 




La palabra griega filósofo (philósophos) se formó en oposición a sophós (sabio), entendiéndose a este último como aquel que reposa en la contemplación de la verdad. Mientras que el filósofo y la filósofa son aquel o aquella que busca incansablemente dicha verdad, si es que esta existe, o al menos se dedican a la búsqueda de verdades provisorias para poder así intentar dar cuenta de la realidad, o, mejor dicho, tratar de dar cuenta de alguno o algunos aspectos de ella.

Después vendrán cientos de definiciones de esa disciplina, pero todas ellas tienen algunos aspectos en común, el asombro, la duda, la pregunta y por sobre todo la respuesta, la respuesta que nunca satisface e invita a la repregunta una y otra y otra vez… Tanto Platón, como Aristóteles, coinciden en que el asombro es el origen de la filosofía, “Nuestros ojos nos hacen ser partícipes del espectáculo de las estrellas, del sol y de la bóveda celeste”.[3]

El Siglo XXI rebalsa e invade con estímulos, estímulos visuales, auditivos, táctiles, olfativos y gustosos; rebalsa novedades, novedades no tan nuevas, y por ser “no tan nuevas”, no nos asombran, o mejor dicho aún, nos asombran en la inmediatez por su bombardeo incesante, o sea que solamente nos sorprenden, pero no nos dejan tiempo para procesar nuestro asombro, no nos dan tiempo para la duda y mucho menos para comenzar con la pregunta, pregunta que es necesaria para la filosofía, porque inmediatamente después llega otro estímulo, y otro, y otro, y así…, esta inmensidad de estímulos, se traducen en información, información que, por su cantidad, velocidad y en muchos casos por su inutilidad, obstaculiza el quehacer filosófico.

A esta altura nos estaremos preguntando, espero que muchas cosas, pero al menos ¿qué tiene que ver todo lo anterior con el motivo del presente trabajo? Volvamos entonces, esto nos lleva a la pregunta con la cual titulamos el presente: ¿Contingencia o necesidad de la presencia de la filosofía y su enseñanza en la formación de profesores?

La formación de profesores y profesoras es un espacio estratégico y central para que la filosofía esté presente, ya que, los futuros y las futuras docentes son quienes van a formar a nuestras adolescencias e infancias, y éstas, por lo tanto, deberían ser formadas de una forma crítica y con autonomía de pensamiento, como dice Freire: …”la educación no cambia el mundo, pero cambia a las personas, que cambiarán al mundo…” (Freire, P. 1992)[4], teniendo en cuenta esta afirmación, con la que coincido, la formación de formadores tiene una responsabilidad suprema enseñando-aprendiendo filosofía, si es que la idea es la de cambiar el mundo, por más que la muchos y muchas consideren, que cambiar el mundo es una utopía. Si es una utopía funcionaría como motor, en palabras de Galeano como horizonte: “¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”[5], o como Eros diría Freud[6], pero si cambiar el mundo fuera posible, es allí donde deberíamos poner todo nuestro esfuerzo, toda nuestra libido, es allí hacia donde debemos caminar, para que sea una realidad.

Pero puede ser, también, que la intención en la formación de formadores no sea cambiar el mundo, sea utopía o realidad, por lo que nos encontramos en una aporía (sin salida), una más. Si este fuera el caso, la filosofía seguiría ocupando un lugar central en la formación de futuros docentes, ya que el poder hegemónico necesitaría de nuestra disciplina para mantener el “statu quo”, y que este se reproduzca en nuestros y nuestras estudiantes para que ellos y ellas lo reproduzcan en las aulas, dado que hemos sido testigos, en los últimos tiempos, de los avances de las políticas neoliberales, no sólo en Latinoamérica sino también en muchos lugares del resto del mundo y por ello mismo hemos presenciado el retroceso de la filosofía en las aulas, ya sea en los planes de estudio de universidades o institutos de formación docente, como así también en la escuela media o secundaria, esto gracias esos avances de las políticas neoliberales antes mencionadas. Pero esta consideración ya sería harina de otra bolsa o letras para otro trabajo.

Dicho esto, la contingencia, aquello que puede no ser, se desvanece y se convierte en necesitad, aquello que no puede no ser. Y esto último es la filosofía para la formación de profesores, sea cual fuera nuestra concepción del mundo o la posición político-económica que tengamos.

Sin embargo, me sigue resonando insistentemente en la cabeza la célebre tesis 11 sobre Feuerbach de Marx y reinterpretada por Engels. En la interpretación de este último, la más difundida, se lee: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”[7] (Marx y Engels, 1992). Pues bien, ¿De qué modo un filósofo, una filósofa, o un profesor o una profesora en filosofía podría cambiar el mundo? ¿Qué herramientas les podemos aportar a nuestros y nuestras estudiantes para que ellos y ellas puedan hacerlo? ¿De qué modo podemos hacer que se lleven estas herramientas a sus aulas una vez graduados y graduadas? Eso también es tarea de la filosofía, de una rama específica, que es la didáctica de la filosofía, rama inaugurada no hace mucho tiempo y a la cual deberíamos prestarle mucha más atención de la que le prestamos actualmente, al menos en mi caso, aunque creo no ser el único que desatiende el llamado de la didáctica específica.



Entonces, ¿Qué hacemos mientras tanto? Mientras tanto sigamos formándonos en la didáctica de la filosofía o comencemos a hacerlo y educándonos en la subversión, porque la filosofía es eso, subversión… Buscar la versión que va por debajo (sub), versiones alternativas al poder hegemónico independientemente del partido gobernante, porque la filosofía es una posición política más allá de lo que creamos partidariamente, la filosofía es POLÍTICA, pero no es partidaria, convirtámonos en militantes de la filosofía, porque no solo se estudia, se enseña o se aprende filosofía, la filosofía sobre todo se milita.

La tarea de la filosofía dice Nietszche en la gaya ciencia es: “Perjudicar a la necedad”, (La gaya ciencia, parágrafo 328)[8]. ¿Y cómo logramos la subversión dentro de las aulas con futuros y futuras docentes? Sigamos pensando con Nietzsche…

Nietzsche en su célebre Así habló Zaratustra, nos dice: “Os menciono tres transformaciones del espíritu: como el espíritu se transforma en camello, y el camello en león y, por último, el león en niño.”[9], en esta alegoría el autor nos ilustra las tres fases de acercamiento a la verdad. La última fase, la del niño, se manifiesta en el principio nietzscheano de que no hay ninguna verdad (eso es el nihilismo). Los niños y las niñas no dan por sentada ninguna verdad, basta con verlos y verlas jugar y observar cómo un trozo de madera, el mismo trozo de madera, puede ser una espada, luego las alas de un avión y más tarde una mesa para merendar. Para ellos y ellas no hay una verdad absoluta, sólo verdades provisorias, porque ese trozo de madera es siempre el mismo, pero para ellos y ellas va cambiando según la interpretación que le vayan dando, según la ocasión y las necesidades del juego del que estén siendo parte, cualquiera fuese; digo: que deberíamos desmontar las aulas (deconstruir diría Derrida)[10], la pandemia nos enseñó que el aula puede adquirir formas otras, formatos otros, lugares otros, y eso debería ser motivo suficiente para repensar nuestros espacios (áulicos), si entendemos al aula como lugar donde se producen intercambios de saberes. Sólo debemos animarnos a ser como niños y niñas, y no sólo nosotros y nosotras, hagamos que nuestros y nuestras estudiantes sean como niños y niñas, que no den ninguna verdad como absoluta y definitiva, pero, también animémonos a jugar, a jugar con las palabras, a jugar con las ideas, a jugar con los espacios y nuestros cuerpos en ellos…

Pero ¿Qué dirá la academia por atrevernos a jugar con algo tan serio como la filosofía? ¡¡¡Estimadas y estimados, nosotros somos la academia!!! Hoy nos toca. Sólo debemos animarnos a entender que la filosofía es, al fin y al cabo, como cualquier otra actividad humana, un juego y así lo explicita el filósofo surcoreano Byun-Chul Han: “Lo contrario de la sociedad del juego es nuestra sociedad del rendimiento, nuestra sociedad del cansancio, en la que cada uno se explota voluntariamente a sí mismo creyendo que así se está autorrealizando. Nos matamos a base de autorrealizarnos. Nos matamos a base de optimizarnos. Pero el hombre no es un homo laborans, sino un homo ludens. El hombre ha nacido para jugar, no para trabajar.” (Han 2020).[11]

Y en ese juego, con sus reglas y, en nuestro caso con sus diferentes fundamentos teóricos, preparemos a nuestros y nuestras estudiantes para que construyan su propia subversión, y que llenen sus futuras aulas de juegos, con reglas claras y profundidad teórica, las llenen de subversiones, y así, como jugando, el mundo puede llegar a ser otro, puede ser un mundo diferente, y si hacemos nuestra tarea, seguramente ese otro mundo será un mundo mejor. Si no pensara, creyera y sintiera que todo esto es posible, definitivamente la docencia no sería mi profesión.

Más allá de esta pequeña consideración personal, y tratando de responder a la pregunta acerca de la contingencia o la necesidad de la enseñanza de la filosofía en la formación de profesores, entiendo que dicha enseñanza no es de ninguna manera contingente, todo lo contrario, es absolutamente necesaria, necesariamente necesaria, sea para mantener justificar y fundamentar las políticas que amenazan a la educación en general y a la enseñanza de la filosofía en particular o para intentar construir nuevos saberes críticos, fundamentados, interculturales, feministas, inclusivos, teniendo en cuenta el ambiente, democráticos, participativos, y sobre todo subversivos.

Esto es sólo un argumento para sostener la necesidad de la enseñanza de la filosofía, no sólo en la formación de docentes, sino también en la formación en la escuela secundaria y ¿por qué no, en los últimos años de la escuela primaria? Y este solo argumento parece suficiente para justificar dicha necesidad, pero a partir del momento en que nos formulamos la pregunta acerca de ella, es claro que existen infinidad de argumentos sosteniendo lo contrario, o bien, nosotros y nosotras no estamos convencidos y convencidas de ello, cosa, esta última, que me preocuparía sobremanera.

Sea cual fuera el caso, el hecho de que se haya generado este espacio y que la temática sea precisamente acerca de la necesidad de la enseñanza de la filosofía en los diversos niveles y modalidades de los diferentes sistemas educativos latinoamericanos no puede menos que ponernos en alerta, pues me parece, que, si se está dando este debate es hora de poner manos a la obra antes de que sea tarde, ya que las decisiones político-económico-académicas no son fáciles de revertir.

¿Y entonces, de qué modo podemos hacer esto? Interpretando la realidad y cambiándola porque esa es la función social de los filósofos y filósofas, revisando nuestras prácticas docentes, participando en espacios político-filosóficos (como estas jornadas), educándonos en la didáctica de la filosofía, enseñando y aprendiendo que el aula puede ser cualquier lugar, material o virtual, pensando, analizando, jugando y también dando las batallas académicas, intelectuales, políticas y administrativas para que la filosofía, la que alguna vez fue llamada la madre de todas las ciencias, y que, en mi opinión personal lo sigue siendo, vuelva a los lugares de donde ha sido desplazada, vuelva a conquistar espacios, vuelva a ser considerada una disciplina fundante.

Fundante de otras disciplinas, fundante de nuevas subversiones, fundante de los límites donde se encuadran otras disciplinas y ciencias, fundante de las nuevas concepciones antropológicas, de las nuevas formas de conocer y ¿por qué no?, fundante de nuevas formas de creer, fundante pero también y necesariamente fundamentadora, para así poder entender, interpretar, transmitir y transformar la realidad o los diferentes aspectos de ella.

Entendiendo que la pregunta inicial está respondida, al menos desde mi punto de vista y para ir concluyendo este breve y caótico trabajo, quisiera volver sobre una expresión vertida un poco más arriba y me autocito: ¡¡¡Estimadas y estimados, nosotros somos la academia!!! (Pág. 5 del presente trabajo). Y como tales, es nuestra obligación llevar a cabo todas las acciones anteriormente mencionadas y no mencionadas para que la filosofía recupere su estatus, no sólo epistemológico sino también si estatus social, últimamente tan minimizado y bastardeado. Si no lo logramos, podremos mirar a nuestros y nuestras estudiantes y decirles que al menos lo intentamos, porque si no lo intentamos deberíamos dedicarnos a otra cosa ya que seríamos cómplices de quienes toman las decisiones en materia de política educativa, entre ellos de quienes han denostado y desplazado a la filosofía. Tengamos presente la “advertencia” de José Mariátegui: “La docencia secundaria y universitaria, por su función como por su estructura, tiende a crear una burocracia conservadora.” (Mariátegui, J. 1925).[12]

Si tenemos conciencia que somos referentes de miles de estudiantes en toda Latinoamérica quienes, en no mucho tiempo, pasarán a ocupar nuestros lugares y se harán cargo de nuestras obligaciones y serán ellos y ellas quienes se ocuparán de continuar con nuestras responsabilidades, propuestas, acciones y luchas, por ello no debemos perder de vista que formamos docentes para que propaguen la filosofía en las aulas o en los espacios que les toque.

Este trabajo, (casi un panfleto), comienza haciendo la distinción entre filósofo y sabio; estimados y estimadas, somos filósofos y filósofas, tomemos conciencia de ello y como tales tenemos la obligación de formar docentes con un fuerte fundamento teórico, con capacidad de asombro, con pensamiento crítico, con miles de preguntas y seguramente con escasas o nulas certezas, para que transmitan esa capacidad a sus estudiantes, por eso quienes no debemos perder el asombramiento, la duda, y recuperar la pregunta somos nosotros y nosotras, estamos obligados y obligadas a recuperar todo el terreno perdido por nuestra disciplina porque al hacer filosofía se nos impone, al menos… ¡¡¡salvar el honor de pensar!!!






















Bibliografía:

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Platón. (2010). Diálogos. Gredos. Madrid.








[1] … (su propia) … …(tienden)… son míos.

[2] Aristóteles. “Obras”, 2014.

[3] Platón, “Diálogos.”, 2010, Gredos. En el caso de Platón, el asombro es la disposición primera del conocimiento en un doble sentido: antecede al deseo de conocimiento y también lo posibilita. El asombro pone en movimiento las tres partes que integran el alma y gracias a este movimiento llega al descubrimiento de la verdad. Si para Platón el asombro consiste en la revelación de la verdad, para Aristóteles consiste en la toma de conciencia de la necesidad de investigar; si para el primero consiste en desprenderse del mundo de los sentidos, para el segundo consiste en tomar conciencia de él y de su carácter enigmático.



[4] Freire, P. “Pedagogía de la esperanza”, (1992).

[5] Galeano, E. “Ventana sobre la utopía” en “Úselo y tírelo.”, (1995).

[6] Freud, S. “Más allá del principio del placer”, en Obras completas, (1995).

[7] Marx, C. y Engels, F. Manifiesto comunista: Once tesis sobre Feuerbach., (1992).

[8] Nietzsche, F. (2014). “Obras”.

[9] Nietzsche, F. “De las tres transformaciones.” En Así habló Zaratustra. Respecto al tema de las tres transformaciones aún persisten arduos debates acerca de esta “evolución” del espíritu, en Nietzsche, no habría una condición fundamental para el devenir, pero aparece el espíritu mencionado como una especie de punto cero, como algo inicial, un principio.

[10] Derrida, J. De la Gramatología. 1986.

[11] Han, B. Buen entretenimiento. 2020.

[12] “Los maestros y las nuevas corrientes.” Mariátegui, J. Lima