Sobre la muerta las coronas. 

SEBASTIÁN GIACCONE


Esteban Halcón decidió levantarse. Ya no podía dormir más. No solo porque tenía esa  foránea sensación de reposar en la cama de un hotel, sino porque le resultaba aburrido como  cualquier otra cosa rutinaria de su vida. Ni siquiera se duchó, la apariencia ya no era algo  que le importara, mucho menos impostar alguna elegancia. Su vida como psicólogo había  quedado atrás y ya no encontraba estímulos profesionales y mucho menos pasionales. Hacía  rato que Esteban se movía de hotel en hotel, siempre baratos, costumbre que tomó luego de  cumplir los setenta y cinco años, aunque luego olvidó contar cuantos más había cumplido.  Estaba gastando lo último de sus ahorros ya que creía firmemente que no le quedaba mucho  tiempo de vida y no encontraba sentido en poseer tesoro alguno. El inminente encuentro con  la muerte lo aterró desde su juventud, pero incluso ese miedo fue desgastado por el paso del  tiempo. Ya no iba a invertir en un negocio ni a comprarse una casa. Todos los sentidos  materiales se volvieron efímeros. Lentamente se puso la misma ropa del día anterior y se  dirigió a tomar el desayuno. El hotel donde se hospedó era pequeño, más bien discreto y  lúgubre, donde se ofrecía un desayuno típico con autoservicio y, aunque había solo tres  huéspedes, le tocó esperar para servirse el café. Delante de él, y como único miembro de la  cola, se encontraba Gerardo Solana, un hombre de unos cincuenta años, un poco robusto y  con un gesto festivo impreso en el rostro. Sin embargo, no parecía un hombre que hubiera atravesado una vida afortunada. Esteban suponía lo contrario. ¿Qué iba a hacer un señor de  esa edad solo en un hotel tan precario si no fuera esto resultado de una vida mezquina? 

Gerardo interrumpió el pensamiento de Esteban. 

-¡Es el segundo café que me voy a servir, je!- dijo entre risas. -Hay que aprovechar que no  cobran recargo. 

Esteban ensayó una sonrisa y no contestó. Aguardó su turno mientras desvió la mirada  hacia un lado. Había una tercera mesa preparada como las otras, pero aún no había sido  utilizada. Pensó que, al haberse levantado tarde, ya nadie quedaría por desayunar, pero era evidente que alguien seguía descansando. Seguramente la señora Ana Medea, que vio llegar  pocos días atrás, se hospedaba en la habitación contigua a la de Esteban, con la que había  compartido una pequeña charla la noche anterior durante un fortuito encuentro en el sillón  de la sala. 

Gerardo tomó otras dos medialunas y se fue a su mesa. Era evidente que ya había  comido varias. Las pocas que seguían disponibles en el desayunador más las cuantiosas  migas en su mesa lo delataban. 

Esteban se sirvió un café negro, sin azúcar, tomó una de las medialunas de las dos que  quedaban —pensando tal vez que, cuando se levante la señora, tenga algo que desayunar— y se fue a su mesa. Desde allí, quedaba enfrentado a su compañero de ocasión, quien no  tardó en darle charla. 

-¿Cómo se llama caballero? – preguntó Gerardo sin esperar mucho. 

-Esteban… 

-Yo soy Gerardo – interrumpió – Estoy hace unos días acá hospedado. En realidad, soy del  pueblo vecino, pero me llamaron para revisar unas construcciones de hogares. Soy inspector  especialista en conexiones gasíferas domésticas en territorios urbanos.  

A Esteban le pareció curiosa la exhibición de títulos para decir gasista, pero no aportó  comentario alguno. 

-Me encanta mi trabajo. – continuó. - Y bueno, siempre que tengo un viaje aprovecho. Para  otros es laburo, para mí son vacaciones. Aunque no se confunda, no voy a regalar nada.  Donde hay una necesidad, hay una oportunidad de negocios -dijo mientras se metía en la  boca un trozo de medialuna que casi pierde por sumergirla demasiado tiempo en el café. 

-Esto ya lo pagué, así que hay que estrujar cada centavo que uno destinó aquí. –y terminó de  engullir. -¿Usted qué hace buen hombre? 

La pregunta lo sorprendió. Pensó que hablaría sin detenerse por mucho más tiempo.  Incluso mientras Gerardo contaba a que dedicaba su vida, Esteban reflexionaba acerca de  esa pulsión de eficiencia que atraviesa a los hombres. Se van de vacaciones a algún lugar  hermoso y lo que cuentan es que desayunaron muchísimo o que cenaron hasta explotar porque era un tenedor libre, incluso que no almorzaron para llegar con “más espacio”, o que  en la tienda de al lado se compraron una camisa que en su barrio le habría costado el doble  —tal vez una camisa que nunca comprarían por decoro al buen gusto—. Lo que quieren  enrostrar desesperadamente es que fueron astutos y que su amortización les produce un goce  que estiman universal. Y esto a Esteban lo exaltaba; el sujeto ya no definía al objeto, sino  que el objeto definía al sujeto, y éste último lo expresa con total satisfacción. El capitalismo  ha ganado en batallas tan determinantes que la gente ya no vive en él, sino que el capitalismo  vive en ellos. 

-Soy psicólogo, ya jubilado como habrá nota…

-¡Ja! Lo bien que me vendría un loquero a mí. -interrumpió otra vez Gerardo. -Mi ex esposa  me tildó de machista y violento y todas esas basuras que inventan ahora. ¡Consiguió una  perimetral! pero claro, quieren ser iguales hasta que las enfrentas y ahí te acusan de abusar  de fuerza. Esas cosas no las entiendo. Son modas. 

-Bueno, a usted no lo conozco. – replicó Esteban que empezaba a cansarse de simular  empatía. -Pero esos temas son delicados. Habría que ver que dice ella porque seguramente  su versión de los hechos sea bastante diferente a la suya. Créame, atendí muchos casos  iguales. -dijo, aunque sintió que no había dejado claro que no quería continuar conversando,  al menos de esos temas. -Prefiero no involucrarme ahora mismo con algo que desconozco. 

Para eso se necesita entender a los sujetos que componen el conflicto y, de paso, tomar la  precaución de pasarle cerca a la facultad de ciencias sociales. No debe eximirse el examen  teórico. -Concluyó.  

Sabía que sus palabras socarronas iban a irritar a su interlocutor, pero este viejo ya no  le temía a posibles palizas de hombres más corpulentos y vigorosos que él.   

Gerardo le dio un sorbo largo al café, y con la mirada perdida, volvió a hablar. De  pronto parecía reflexivo. 

-Si, su trabajo es más fácil. Ustedes los psicólogos, terapeutas, filósofos, abogados, políticos,  son los que piensan. No se mueven de la silla para explicarnos el mundo. Nosotros somos los que hacemos. Somos los caballos cansados que tiran del carruaje, y ustedes, que van  cómodos, son nuestros jueces y verdugos. Mire mis manos. - Levantó la mano, pesada de  dedos gruesos y ásperos, aunque continuó sin mirarlo. -Ya vi las suyas y a pesar de estar  avejentadas, son delicadas. La pasó mejor que yo, pero no se equivoque. No quiero que me  compadezca. A todos nos llegará el juicio final, y yo, voy a poder mostrar mis manos. Usted  haga lo que pueda. 

 El psicólogo quedó perplejo. No esperaba una réplica tan asertiva. No solo se sintió  humillado por sentir que el gasista tenía alguna razón, aunque sea en un plano ficcional, sino  que el “atolondrado bárbaro” respondió a su hostil sarcasmo con una reflexión justa y  misericordiosa. Se sintió inhumano, divorciado de lo que alguna vez creyó entender de su  propio ser. No se conocía a sí mismo. 

 De pronto su aflicción se detuvo por un grito que colmó al hotel de espanto. Era la  mujer encargada de la limpieza, quien había golpeado en la habitación de la señora Ana reiteradas veces y, creyendo que estaba ausente, abrió con la copia de la llave para realizar  sus tareas diarias. Los dos huéspedes se levantaron rápidamente y se dirigieron a asistir a la  mujer. La encontraron de espaldas a la habitación en la que había intentado entrar, aún con las  manos temblorosas tapándose la cara. Pronto se prestaron a entrar en el cuarto pensando que  alguien necesitaba ayuda, pero la imagen que los saludó fue aterradora. Ana Medea estaba  acostada con la mitad inferior del cuerpo sobre la cama mientras que parte del torso y la  cabeza colgaban sin vida. Además del hedor ácido que emanaba cual animal en  descomposición, era prácticamente imposible verle el gesto ya que una especie de vómito  amarillento y seco le cubría casi todo el rostro. La piel había tomado una coloración púrpura  que se veía decorada por pequeñas floraciones de venas rojas que se distribuían  especialmente por la cara

Gerardo inmediatamente irrumpió en la habitación y trató de reanimarla con gritos y  cachetazos que no duraron más que unos segundos. No tardó en notar que cualquier esfuerzo por ayudarla ya era inútil y, con un movimiento veloz, sacó su celular y llamó a la policía. 

-¡¿Por qué no llamas a una ambulancia?! – dijo Esteban desesperado y con la sensación de  que estaba por desmayarse. 

-¡Porque esta re contra seca, idiota! ¿No la ves? – réplica que parecía bien sensata.  

 Los momentos que sucedieron la escena, fueron bastante confusos. Esteban se  esforzaba por recomponerse, algo en él le reclamaba su deber profesional de asistir a la mujer  de la limpieza que estaba en shock. 

-Hola, mírame. –le dijo apoyando las manos en sus hombros. -¿Cómo estás?  -inmediatamente se arrepintió de la pregunta. ¿Cómo iba a estar? Solo preguntarlo era  estúpido. -¿Cómo te llamas? 

-Bien… bien… -respondió ella entre respiraciones profundas, tratando de controlar la  agitación. -De a poco. -sentenció mostrando una notable entereza a pesar de su aspecto  adolescente. -Me llamo Delfina Pitia. 

-Encantado Delfina, sos mucho más fuerte de lo que pensás.  

Esteban sintió un pequeño alivio en medio del caos e inmediatamente enfrentó el  momento. Giró para ver nuevamente la escena.  

-Ana… -Murmuró. No era la primera persona muerta que veía, en su larga vida, había  asistido a velorios y atestiguado algún que otro accidente, pero al haber conocido a la señora  Ana la noche anterior, parecía más real, más muerta que las otras que no tenían nombre.  

-Va a tardar bastante la policía en llegar. Este pueblo es una mierda. -dijo de pronto el gasista que parecía tener el espíritu imperturbable. 

-¿Estás bien, Gerardo? -preguntó el psicólogo aún postrado en su deber.

-Si, ya vi algunas personas morir. No me afecta tanto. ¿Qué vamos a conseguir si nos  derrumbamos o nos desesperamos? Acá hay que asumir el momento y actuar de la mejor  manera posible. Lo de llorar por lo que ya no se puede cambiar, se los dejo a sus pacientes.  De algo tienen que vivir ustedes. 

Sin detenerse y con total tranquilidad, el gasista volvió al desayunador a buscar un  vaso con agua para Delfina. Ya había abierto las ventanas de la habitación y entrecerrando la  puerta para que el hedor no invadiera la sala. 

Esteban fue tras él para hablar lejos de la joven. 

-¿Qué carajo pasó? ¿Se ahogó? -Preguntó Esteban para tratar de construir un marco de  racionalidad a lo que estaba pasando. 

-Yo qué sé. Lo único evidente es que le salió una espuma horrible de la boca. Parece como  una bilis con burbujas pero ya está seco. Usted habló con ella anoche, yo los vi. ¿No la notó  enferma? 

El yo los vi, caló hondo en Esteban. Sonaba casi acusatorio. 

-No, parecía perfectamente normal. Igual no la conozco. Juro que es la primera vez que la  veo en mi vida. -las palabras salían solas y lo hacían sentirse auto incriminado aunque era  absurdo. -Miré, a ella solo le conté lo que hago por acá y de dónde vengo, pero no fue una  conversación muy íntima. No soy adivino. No sé qué le pasó. 

-Cálmese doc. A mí, en realidad, no me importa tanto, solo le estoy dando charla hasta que  llegue la policía y me pueda ir a trabajar de una buena vez.  

 El tono despreocupado de Gerardo le resultó extraño. Ahora lo imperturbable de su  talante que podía ser entendido como una virtud, daba un giro desagradable. -Igual esto va a tardar. -Volvió a decir el gasista. -Mira la cara de los policías que llegaron. - dijo señalando la entrada cuando dos oficiales ingresaron al hotel.

En realidad, las caras no tenían nada en particular, solo parecían jóvenes. Saludaron y  preguntaron dónde estaba la víctima. Casi al mismo tiempo los hombres señalaron el pasillo  que llevaba a la sala y luego a las habitaciones. Uno de los policías se acercó a ellos y les  comentó que, por seguridad de todos, nadie se podía retirar del lugar. Les preguntó cuántas personas había en el hotel y quien estaba a cargo. Lo único que sabían tanto Esteban como  Gerardo, era que la única representante del hotel era la joven Delfina. 

Mientras que el suboficial que se quedó en el desayunador, tomaba los datos  personales de los huéspedes, el otro policía —el más joven de los dos— volvió con  preocupación y dijo por lo bajo: 

-Suboficial, fui a establecer el perímetro de clausura como me dijo, pero hay una mujer ahí  adentro tocando todo. ¿Qué hacemos? 

-¿Cómo que tocando todo? ¿Sos boludo? Sacala a la mierda. -dijo el suboficial, aunque sin  esperar ni un segundo, marchó él mismo a la escena. 

 Detrás de él se encolumnaron el resto de los hombres y encontraron a Delfina  realizando una especie de oración mientras estrechaba una mano con la difunta y apoyaba la  otra contra el pecho inanimado. 

-¿Qué es esto? -preguntó el suboficial sin saber muy bien que hacer. - ¿Sigue con vida? - No. -Respondió Delfina. - Estoy ayudando a su alma a encontrar el camino de la virtud. -No, no. No podés hacer eso, salí de ahí. Estás tocando una presunta investigación. -Dijo el  suboficial con muy poca autoridad. Luego se dirigió a su compañero -Ramírez, entre y saque  a la jovencita. 

 El policía joven ingresó y trató con amabilidad de retirar a la empleada. Esta lo miró  con desprecio y se fue sola. Entre los murmullos que iba emitiendo en su caminata se escuchó  algo como “…gente de mierda...”. 

-Sos boluda, flaca. -dijo Gerardo con sorprendente intromisión. -Metiste todos los dedos en  una muerte dudosa, te van a tener toda la semana con esto.

-El boludo sos vos, viejo jetón. ¿Te crees que me puede molestar estar declarando giladas a  la gorra en lugar de ayudar a un alma que acaba de separarse de su cuerpo? -La respuesta de  Delfina tenía una impronta y una seguridad que dejó atónitos tanto a Esteban como a  Gerardo. -Los tipos como vos solo están preocupados porque no interfieran con su vida, con  su productividad. Escuché las cosas que decías del “juicio final” y “tus manos nosequé” en  el desayuno, pero después te comportas como un idiota y estas esperando que la muerte de  los demás se resuelva como un trámite. Te crees que solo existen vos y Dios en cuanto tu  cerebro te lo permite. 

-¡ja! -rio de golpe Gerardo. -Era brava la pibita, noma’. Me haces acordar a mi hija. Me  simpatiza eso. 

Delfina se aproximó a Esteban con gesto firme. 

-Y vos sos psicólogo ¿no? Te escuché también. Sabes muy bien que no somos solo este  pedazo de carne. Si estudiaste ciencias sociales o humanísticas es porque no crees que todo  puede ser reducido a un mecanicismo físico. Yo también estoy estudiando y sé muy bien que  hay una realidad extramental. El que no cree en el dualismo es porque ni lo pensó. Siento  que me tenés que bancar en esta. 

-Bueno, no es necesariamente así. -Respondió Esteban. – No es exclusivo del dualismo la  comprensión de una realidad extramental. -de pronto se vio sorprendido hablando de  metafísica y quiso evadir el debate con la joven ya que sus conocimientos de filosofía eran  escasos. -Podría ser también un monismo, ¿no? Aunque no me parece el mejor momento  para hablar de esto. 

-Bueh… -dijo Delfina después de un suspiro. -Hay una muerta en nuestra cara y vamos a  seguir tomando solo notas mundanas del asunto. Que siga bien, doc

 Esteban se separó un poco. Esa conversación solo le había enrostrado lo agotado que  estaba de discusiones y acusaciones. Quería volver al ineludible tema del día por lo que se  ensimisma y trató de recordar la conversación de la noche anterior con Ana. La señora había  indagado sobre la profesión de Esteban. También le había preguntado si aún diagnosticaba o si al menos recetaba medicaciones, a lo que el psicólogo aclaró jocosamente que él no  podía recetar, que eso era tarea de los psiquiatras, aunque ahora él tomaba los psicofármacos  que estos le recetaron para dormir y para la depresión. También recordó como ella había  sonreído, con esa tristeza del que entiende el estado depresivo. 

El recuerdo repetitivo sobre la depresión lo trajo de nuevo al hotel. Esteban aún no  había ingerido sus pastillas y toda la situación lo había alterado lo suficiente como para  tomarse unos calmantes. Se volteó para ir a su habitación, pero se topó con un sujeto al que  no había visto llegar. Era el fiscal Jorge Radamante. Un hombre de porte y gran altura. En  un simple movimiento de cabeza, rastrilló todo el espacio con sus entrecerrados ojos y  comenzó a hablar con voz profunda: 

-Bueno, a ver. Artículo primero; de acá no se mueve nadie. Esto parece “Esperando a la  carroza.” -Soltó el fiscal entre gracioso y agresivo. -Tengo una muerta en un hotel semivacío,  tres sujetos que no saben hasta donde meter la mano y dos policías, cuya razón, es menos de  la mitad que su voluntad de acción.  

Los policías parecieron no entender que habían sido ofendidos y se quedaron aguardando  órdenes. 

-Ramírez, Mansilla. Vamos tomando de a uno las declaraciones de los testigos en el  desayunador, mientras que el resto espere en la sala. -Ordenó Radamante.   

En tanto terminaba de organizar el espacio, sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo.  No era un celular ni nada que el resto de los presentes hayan visto alguna vez. A  continuación, ingresó en la habitación de Ana y al activar el aparato, un láser verde escaneó  la totalidad del espacio en pocos segundos. El fiscal llevo su mano al oído izquierdo, donde  brilló un segundo dispositivo que llevaba colocado y era casi imperceptible.

-¡Me cacho en diez! vamos a tener un día entretenido. -dijo sin darse vuelta. - La  probabilidad de homicidio es de un noventa y tres por ciento. Por lo tanto, vamos a hacernos  amigos ¿quieren? -el tono era tan amistoso como amenazador.

Radamante se paró frente a los huéspedes que, en comparación de tamaños, parecían  niños a su lado. Extrajo nuevamente el dispositivo de su abrigo y ensayó un pequeño  discurso. 

-Se que sus cabezas estarán pensando “¿qué es lo que tiene ese formidable señor entre  manos?”. Les comento, queridos homínidos. Lo que ven aquí, es una tecnología de  inteligencia artificial. No falla. Su razón es infalible. No necesita vuestra opinión porque es  completamente objetiva. Su capacidad de captación de toda la materialidad es  desproporcionadamente superior a la de cualquier sentido humano, aunque se trate de sujeto 

superdotado. Y ¿saben qué dijo esta pequeña maravilla? Analizó la habitación, las  condiciones que presenta, las huellas en su totalidad y el cadáver en cuanto a su identidad y  su historia. -el fiscal, haciéndose el gracioso, cambió su voz como si de pronto fuera un  reporte policial de los años setenta. -Ana Medea. Femenino. Viuda. Sesenta y cinco años.  Estado de salud perfecto hasta el deceso. Sin familiares directos. Muerte por intoxicación  con clonazepam, siendo que esta medicación, no figura en su historial médico. -Radamante  paseó sus ojos sobre todos los presentes. -Ahora solo me queda charlar con ustedes, damas  y caballeros. Con la ayuda de este aparatito, y su capacidad para razonar, sabremos qué ha  pasado aquí. 

La confusión se volvió general, pero en Esteban especialmente. Escuchar que la señora  Medea había muerto por la ingesta de clonazepam lo espantó. Pensó en su pastillero, si en  algún momento la difunta pudo acceder a su habitación y robarle sus píldoras ¿cómo lo  explicaría? ¿y a una máquina? Sin embargo, se miró las manos, ya viejas y pálidas, y recobró  ese brío del que no teme a morirse. Levantó su mentón para mirar a los ojos al fiscal. 

-¿Usted cree que una máquina puede juzgar a las personas? - Exclamó el psicólogo. - Tanta  soberbia pintoresca acaba con cualquier paciencia. Una inteligencia artificial, que por un  lado no posee voluntad, sino que ejecuta órdenes, es decir, es solo acción, y que por otro — y por definición— carece de sentido moral, le repito; ¿va a ser la encargada de juzgarnos?

Radamante acercó su cara tanto a la de Esteban que logró incomodarlo y, otra vez, comenzó  a impostar la voz: 

- “Cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, cuando el bribón al apóstol, cuando el  boquirroto al elocuente y el burdégano al digno, entonces la escala desaparece en la  oprobiosa nivelación de la villanía.” -citó el fiscal a José Ingenieros. – Relájese, viejo. Ahora  está sometido a algo mucho más grande que usted mismo. 

Ramírez y Mansilla sentaron a Delfina Pitia en el desayunador. Ramírez se paró junto  al pasillo donde tenía a la vista las habitaciones del hotel y la sala de estar, donde aguardaban  Esteban y Gerardo. Por su parte, Mansilla se colocó junto a la puerta de entrada y, a su lado,  se encontraba un perro enorme, que parecía no respirar por su estado de alerta. El fiscal lo  había traído consigo, pero el silencio sepulcral del canino lo hizo pasar inadvertido.  Radamante le había encomendado escrutar la salida del hotel.  

Con un extraño paso gimnástico, Radamante se sentó frente a Delfina. Sus  movimientos eran tan exagerados y extravagantes que la joven no podía contener su  irritación. 

-¿Le parece a usted, hombre grande, hacerse el gracioso en semejante situación? -Le dijo la  joven trasluciendo su desprecio. 

Radamante no le contestó y empezó a sacar las migas de la mesa. Se habían sentado en la misma que Gerardo tomó su desayuno pocas horas atrás. Luego examinó cuidadosamente y  con los ojos cruzados un pequeño trozo de medialuna, y abruptamente se lo devoró.

-Mire jovencita – Dijo como si tuviera la boca llena, aunque era imposible por el tamaño de  masa que ingirió. -Acá las preguntas las hago yo. ¿o no, Mansilla? -grito mirando hacia la  puerta. 

Mansilla estaba mirando fijamente al perro, algo lo perturbaba y no podía prestar atención  al fiscal. No contestó. 

-Je, ¿viste lo que son estos policías? Vos te anotas mañana y sos sargento. Te lo aseguro – Bromeó Radamante.

Delfina lo miró fijamente sin mover un músculo. 

-En fin, chiquita… - Quiso continuar el fiscal. 

-No me digas “chiquita”. -interrumpió la joven sin vacilar. 

-Que carácter… En fin, no te retendría aquí si no fuese porque tus dedos están marcados por  toda la vieja esa. Ayudame a convencer a este aparatito de que no hay chances de que estés  involucrada en este quilombo. 

-Yo no quiero convencer a nadie. Vi el rostro sin vida de la señora Ana que tenía impreso  una expresión de dolor y sufrimiento, por lo que procuré que su espíritu no quede atado a  semejante angustia. Convencer a su aparatito de lo que no puede medir, no es mi problema.  

La voz de Delfina era firme y no correspondía a las marcas entremezcladas del llanto y el maquillaje que dibujaban extrañas formas en su cara. 

- Ahí no estamos de acuerdo, querida amiga. Mira, esta tecnología no está interesada en tus  creencias, ni en tus intenciones ni en tus razonamientos. Está interesada en lo que hiciste y  lo que no hiciste. No sos culpable de pensar —aunque habría que revisar si lo que haces es  pensar—. Si tenés una idea que en su práctica es un delito, no vas presa. La maravillosa  libertad de pensamiento. En cambio, si la llevas adelante… 

-Yo se lo voy a decir una sola vez. -La chica interrumpió la perorata del fiscal. -Ahí adentro  hay una señora, que alguna vez fue un bebé, una niña, una joven, una adulta y luego, una  anciana. ¿usted cómo cree que todas esas etapas de la vida la mantuvieron como una persona  individual, distinta y reconocible? ¿Su aparatito no sabe que todas las células de esa señora  fueron reemplazadas cíclicamente, es decir, que materialmente dejó de ser la misma? Y  entonces, ¿Qué la une? ¿Cómo va a explicar qué la señora Ana Medea fue, es y va a ser indivisible? Pregúntele a su inteligencia artificial si conoce la historia del barco de Teseo. Si  usted no puede entender que la única posibilidad es la de un alma inmaterial e inmortal, no  puedo ayudarlo. A ella si la podía ayudar, y lo hice. No tengo nada más que decir.

Radamante se quedó mirando la mesa con el rostro circunspecto. De a poco levantó la  vista nuevamente hacia Delfina, una pequeña luz verde titiló en su oído, entonces reveló una  tétrica sonrisa que dejaba ver hasta las muelas de aquella escuálida cara. -Me daba lo mismo si le ponías unas monedas en las manos para que le pague a Caronte.  Nosotros nos ocupamos de lo que hay. De lo que no hay, especula todo lo que quieras. No te voy a culpar por eso. -Al terminar la frase giró la cabeza y le chifló al perro. - ¡Cerberian!  Correte que acá hay una inocente que ya se puede retirar. 

El fiscal levantó el dedo y se dirigió a uno de los policías. 

-Ramírez, tráigame al culpable. Vamos, rápido. 

El suboficial se quedó perplejo, no sabía si había un culpable, tardó unos segundos en  reaccionar, y decidió ir a buscar a cualquiera de los hombres en la sala para cumplir con la  orden. En su lógica, tenía un cincuenta por ciento de chances de acertar el pedido del fiscal. -¿A dónde va Ramírez? – Lo interrumpió Radamante y se golpeó la frente. - ¿Usted ya sabe  cuál es el culpable? ¿Por qué no me lo decía antes y me ahorraba el lío? No sea idiota,  Ramírez. Tráigame al gasista. 

Sin decir una palabra, el policía le pidió a Gerardo que lo acompañara.  

Entrando al desayunador, Gerardo tomó la medialuna que aún se encontraba sobre la  mesa del autoservicio, le dio un mordisco y la llevó consigo a la mesa. Jorge Radamante lo miró lentamente y volvió a esgrimir su sonrisa característica. El gasista  dudó unos segundos, pero inmediatamente se echó a reír junto al fiscal con la boca llena de  comida. 

-¡¿De qué se ríe?! – gritó de golpe Radamante golpeando la mesa. 

-¿Qué? No sé. De nada. -balbuceó Gerardo aún con la boca llena. 

-Hay una vieja muerta, que tiene tu mano marcada en el pecho mientras que el esternón y  cinco costillas están rotas. ¿RCP lo trataste hacer? Parece que no te das cuenta que esta  inteligencia artificial lo sabe todo. No tenés ninguna formación en maniobras de reanimación. Y tus huellas están por todos los marcos de puertas y ventanas. ¿Te sigue  causando gracia? -increpó el fiscal. 

-No, pero yo hice lo que cualquier buen cristiano haría. Traté de ayudar. -La voz de Gerardo  estaba temblorosa, pero bajó el volumen y continuó. -Mire, don Radamante, yo los quiero  ayudar. La vieja se ahogó con algo. ¿Yo qué sé? Si necesita que le busque pruebas, yo  lo ayudo. Puedo serles muy útil. Fíjese que estoy comiendo porque estoy tranquilo con mis  acciones. Yo sé que lo que hice está bien. 

El fiscal miró para el techo como dejando colgar el cuello. Salieron unas palabras  apenas audibles; …además de cagón, buchón… 

-Bueno, vamos a lo nuestro. -se recompuso Radamante. -Ya quiero terminar con usted, no  parece una persona muy interesante. Señor Gerardo Solana, ¿Cuándo le pareció una buena  idea que, al ver una mujer evidentemente muerta, le podría hacer reanimación cardíaca sin  saber usted un pito de lo que probaba? 

-No, yo sí sé hacerlo. -se defendió rápidamente el gasista. -Lo vi un montón de veces por la  tele y por ese “YouTube” … y además una vez lo había hecho, traté de reanimar un perro  que tenía hace unos cuantos años. 

-¿Y lo salvó? 

-No, estaba jodido, pobrecito. 

Radamante guardó silencio unos segundos. 

-Bien, ya entiendo. -concluyó el fiscal, apoyando la frente contra la mesa y las manos sobre  la nuca. -Usted no es malo, señor Gerardo. Es solo estúpido. Y en su caso no es un defecto  intelectual, sino moral.  

-No, espere un poquitito. -interrumpió Gerardo queriendo demostrar que puede poner límites a la autoridad -Yo no soy ningún boludo. Primero, eso de la reanimación, es bastante  intuitivo, así que no me corra por ahí. Segundo, si su maquinita que hace todo, me habrá  registrado el perfil, por lo tanto, sabrá que soy inspector especialista en conexiones gasíferas  domésticas en territorios urbanos. ¿Sabe la finesa que da en la mano ese laburo? ¡De  cirujano! A ustedes les falta más calle, muchachos. Y tercero, andan sospechando todo y pensando mucho. Terminan pifiando tanto como la piba esa que le estaba haciendo un  gualicho a la vieja. 

Radamante retiró su torso contra el respaldo de la silla y entrecruzó sus dedos a la  altura de su panza. Sin embargo, Gerardo no se detuvo; 

-La gente como yo, es laburadora, es honesta y punto. A los que tienen que perseguir son a  los delincuentes. Sobre todo, a los pibes que están perdidos. Ya no hay moral. ¡Ah! Usted  me dijo que yo tenia problemas morales. Se equivoca, yo tengo mi propio código moral y lo  cumplo a rajatabla. 

-Basta de aburrirme, por favor. -Lo interrumpió el fiscal, sujetando su frente entre el pulgar  y el índice. -Córtela, me tiene harto. ¿Cómo que tiene un propio código moral? ¿y en qué  consta? Se parece mucho a la jactancia; “es mi filosofía de vida.” Cada pelafustán que oigo  decir eso es porque ajusta todo su orden moral exactamente a como se comporta, por lo tanto,  no le cabe otra cosa que la santidad. ¿Se da cuenta de lo imbécil que suena? 

-¿Ah si? ¿y cuál es el código moral que debo seguir? ¿el que tenían los antiguos monarcas?  No suenan tan ideales como para acatar esas reglas impuestas.  

-No hay que estar de acuerdo con esos códigos, pero con el último que hay que comulgar, es  con el que se haya inventado ¡uno mismo! De ser así, el “petiso orejudo” es inimputable  porque actuó bajo su propio código moral. -La voz de Radamante sonaba cada vez más  agotada de hablar con Gerardo. -Pero ya lo escuché suficiente. Usted no se va a ningún lado.  Le confieso que no creo que tenga responsabilidad material sobre la muerte de la vieja. Pero  sobre ejercer prácticas complejas que no conoce, destruir pruebas —y los huesos de la pobre  mujer— y modificar una escena de presunto crimen, lo deja cómodo en la lista de  sospechosos. De acá no se va. 

-¿y usted me va a pagar el día laboral perdido? -Le contestó Gerardo mostrando su  disconformidad y tranquilidad al mismo tiempo. 

-Si, le voy a convidar un café más tarde. La casa invita. – Radamante mostró los dientes nuevamente, luego miró a un lado, le guiñó un ojo al perro guardián de la puerta y después gritó -¡Ramírez! Ahora sí tráigame al culpable. El suboficial acompañó a Esteban Halcón hasta la penosa mesa de madera de aquel  hotel. El fiscal estaba esperándolo de espaldas, como para hacer otra excéntrica presentación.  El psicólogo se sentía cansado de aquella exhibición de extravagancia por lo que decidió  hablar mientras tomaba asiento. 

-¿A usted, realmente, le parece que es una situación para hacerse el gracioso? 

-Revisé cuidadosamente su historial. Muy buenas investigaciones sobre psicología clínica.  Al fin y al cabo, vamos a tener una conversación interesante en este cotolengo. Lo felicito  verdaderamente. Pero, la primera pregunta que tengo para usted. -dijo el fiscal sin darse  vuelta. – Es; ¿quién razona mejor? ¿un mono o un hombre?  

La pregunta descolocó a Esteban. 

-No me diga que va a seguir con eso de que su dispositivo razona… 

-Usted está viejo, señor Halcón. Los descendientes naturales de los hombres, son estos  dispositivos. Los cerebros electrónicos que usted conoció hace unos años eran unos  completos idiotas, pero en esta generación, ya no es así. Actualmente piensan mucho mejor  que usted y que yo. -De a poco fue girando hasta ponerse nuevamente mirando hacia  Esteban- ¿Le resulta depresiva esta novedad? No debería. La biología ha llegado a su límite y ahora es turno del siguiente paso. La evolución inorgánica. 

-¡Por favor! -interrumpió Esteban- ¿A qué se refiere con toda esta charlatanería? Cualquier  dispositivo electrónico no posee estados mentales, no importa cuán avanzada sea. 

-No necesita estados mentales, señor Halcón. Estas máquinas pueden crear, entender y  razonar, sin una mente. Lo que a usted lo inquieta es el cambio. Le teme a que ya no exista  su mundo presente, pero es solo eso, un mundo. Por lo tanto, es natural la resistencia, pero  esto del cambio es irremediable. Sucede constantemente desde que existe la sociedad. 

Esteban no podía dejar de mirar con profunda extrañeza a Radamante. No podía evitar  preguntarse si hablaba con él, o con la inteligencia artificial. 

-Cada nueva tecnología, desde la antigüedad, -continuó el fiscal- ha ido transformando las  estructuras sociales. Entonces ¿por qué iba a detenerse ahora? ¿De pronto la humanidad pide  detener su desarrollo? ¿Cuándo una especie se vuelve suicida? 

-No sé por qué me dice todo esto. -el psicólogo apuró la conversación- Como bien dice usted,  soy un viejo, y tal vez nunca entienda esta pulsión de muerte de las nuevas generaciones.  Pero más me inquieta otra cosa; ¿por qué me cuenta todo esto? 

Radamante giró un poco su cabeza para ocultar el dispositivo de su oreja, pero aun  así, Esteban llegó a ver el haz de luz verde titilando. El fiscal se volvió y le respondió con  tranquilidad: 

-Al grano. Me gusta. Le confieso señor Halcón, usted es mi principal sospechoso. -la sonrisa  del fiscal volvió a aparecer- La señora Medea, como usted bien sabe, murió por intoxicarse  con una medicación que solo usted dispone en este lugar. También sabe que su matriculación no le permite recetar y para colmo, seguramente sabe que provisionar a alguien con  sustancias potencialmente dañinas, si no es un homicidio premeditado, es un homicidio   involuntario o negligencia criminal. Ahora usted me cuénteme cual le cabe mejor. 

-¿Eso le dice ese aparatito de mierda? ¿es lo mejor que puede hacer? -Esteban respondió  desafiante- Supongo que, como inteligencia superior, nos está escuchando constantemente y  podrá “razonar” lo que voy a decirle. Porque creo que no estoy hablando con este tipo que  tengo en frente, sino con una especie de chip que lo usa de marioneta. 

Esteban se puso de pie y al costado del fiscal para hablar mirando su oreja 

-Ya que tu capacidad de analizar es infinitamente superior a la mía, dejemos algo en claro;  tengo todas las de perder aquí. Nadie puede competir contra esa rapidez y capacidad de  cálculo. Pero, ¿cuál es tu voluntad? ¿tenés alguna o sos solo acción? -Esteban parecía hacerse  más grande parado junto a Radamante que seguía en su silla, casi inmóvil. 

-La voluntad está por encima de la inteligencia. -continuó el psicólogo- No pueden  reemplazarla. Sin la orden, o sin operario, no accionan. Entonces ¿cómo se resguarda esa  inteligencia de un operario inmoral? ¿cómo actúa con justicia si es la voluntad de un tirano? Podría deducir que todo este debate se centra en quien domina el ejercicio de la voluntad. Esa no es una discusión que el paradigma de la inteligencia artificial pueda resolver. Aquí,  se me ocurre reflexionar, que los estudiosos de la psicología, la filosofía, la historia y las  humanidades en general, serán las profesiones del futuro y no un conocimiento vetusto como  usted refiere. Un auto puede ser infinitamente más rápido y eficaz que mis piernas para hacer  un camino, pero si no tiene un conductor, no se mueve. Discúlpeme Radamante, o maquinita,  con quienquiera que esté hablando, su método es tan poderoso como débil. Me niego a ser  juzgado así. 

Radamante se quedó en silencio. No movía un músculo. Parecía estar en un conflicto  personal interno, aunque de pronto se levantó y volvió a marcar la diferencia de altura con  Esteban. 

-Sus juegos de palabras son muy bonitos, Esteban. Pero no se va a librar de esta tan fácil.  Probablemente piense que ya encontró la falla del sistema, pero ese es solo un sesgo  personal. Le voy a decir algo bien claro; es posible saber tanto de un objeto para pensar que uno está en lo correcto, pero no lo suficiente para notar que se ha equivocado. 

Ambos se miraron desafiantes. El fiscal hizo un chasquido con la boca y el perro de la  puerta se levantó amenazante, tensando su cuerpo. 

-No subestime el conocimiento tecnológico. Ya me dijo todo de usted. -continuó Radamante,  acercándose y casi susurrándole al oído- No se va a ir de aquí. Y le cuento algo; creo que  nuestra madre, la muerte, cuando vino anoche, no le erró ni a la dirección ni a la hora. Solo  le erró a la habitación.